
Hace varios días que los juegos olímpicos en China nos tienen colapsados a nivel mediático y de seguimiento informativo.
Todo y que hace días del inicio con la espectacular inauguración, muestra del control escenográfico y de derroche de apuesta tecnológica realizada por el mismo gobierno para embelesar, al conjunto del planeta con la plasmación plástica de la historia del mismo país que acoge los juegos deportivos, hubieron algunos “pufos” que son dignos de comentar por su dureza en un caso concreto. Estos “pufos” dejan entrever que no debemos de olvidar que sigue siendo un régimen autoritario y sin proceso democrático.
Utilizando como excusa el conjunto de la satisfacción mundial por disfrutar de un gran espectáculo y ocultados en la única y propia realización televisiva que se distribuía al conjunto de las televisiones mundiales; el momento del aéreo en el cual se aprecia varias explosiones de fuegos artificiales perfectamente coordinadas eran y reconocido por la propia organización, efectos de ordenador perfectamente diseñados y con una realidad insuperable.
Aparte de las explosiones pirotécnicas perfectas, quien iba a dudar de los inventores de la pólvora, la dureza de la forma de pensar de aquellos que tienen que vender la imagen de una China y su sistema según ellos perfecto, cosmopolita y dentro de la modernidad del Siglo XXI, apartaron a la verdadera artista tierna y que por sentido común merecería haberse llevado la gloria de la trasmisión más vista. En el momento en el que se izaba la bandera de China, una niña con cara angelical(Lin Miaoke), cantaba a los cuatro vientos con una voz dulce y parsimoniosa el himno de la gran nación. Esa secuencia que fue más que reflejada por la señal institucional del comité olímpico Chino, basada en una niña modelo con gran voz, era falsa. La niña que estaba desarrollando dicho himno cantaba en playback. La verdadera cantante y artista (Yang Peigi) lo hacía en bambalinas y escondida de la gloria que merecidamente tendría que haber tenido. Y cuál era la razón, pues el sobrepeso de la verdadera cantante y una dentadura mal desarrollada. Eso no podía representar a la nueva China, la China como súper potencia y que garantiza el bienestar del conjunto de sus habitantes desde el sistema comunista más férreo.
Esa es la moraleja de todo ello. Según la organización y como si fuera un gesto de constricción reconocieron que lo habían hecho para que el mundo se mereciera un gran espectáculo.
La moraleja de todo es que más allá de una gran organización y más allá de que nada este fallando a día de hoy; los “clichés” y la visión de los mismos que hacen unos juegos muy bien llevados no olvidan y siguen poniendo en práctica la peor de las visiones: todo vale para tener o parecer tener la razón.
Por suerte en democracia, la diversidad, la diferencia y hasta las deficiencias se respetan, tienen la palabra e incluso se les protege. Por ello apuesto abiertamente y me siento plenamente representado por el mismo sistema. Y si quiero espectáculo, prefiero buscarlo en la Gran Vía, en el Paralelo o en Broadway.